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MUERTE EN LA RESURRECCIÓN

Raúl Vegas Morales
Hace bastante tiempo se viene discutiendo el carácter de la Semana Santa Ayacuchana. Los últimos años sobre las borracheras monumentales que se realizan en la plaza mayor con el protagonismo de jóvenes de polo rojo con un toro en el pecho. Escuchamos que creyentes y fariseos se ponen de acuerdo en que no debería ocurrir lo que ocurre y que la gente no debería estar donde está. Hay comentarios de todo calibre. En el colmo de puritanismo hasta se culpa al Arzobispo y la iglesia por presidir la Comisión Multisectorial.

Si analizamos la historia, la Semana Santa en Ayacucho nunca ha sido sólo rezo y procesión. Desde sus inicios ha estado dominada por un fuerte sincretismo donde se mezclan las costumbres españolas con las vivencias andinas que muchas veces van a contrapelo.

Asimismo, desde siempre, los preceptos religiosos se han mezclado con el interés económico y con la abundancia de licor no sólo en Semana Santa. Allí están las fiestas patronales como la de Quinuapata, Santa Ana, El niño Naqaq, y todas las vírgenes y santos que se festejan en Ayacucho, festividades bien regadas con cerveza y tumbamula.

Sobre la actual costumbre del Sábado Santo leemos en Wikipedia que “El Pascua Toro desapareció de la Semana Santa en la década de 1960, cuando el Concilio Vaticano II trasladó la celebración litúrgica de la Resurrección, (…) de la mañana del Sábado de Gloria a la noche del mismo día. Por ello, el tradicional paseo de toros –con el que el pueblo anunciaba la resurrección– quedó desubicado y poco a poco perdió en importancia, hasta desaparecer del todo”.

“Se tuvo que esperar hasta la década de 1990 para que sea restituido con el nombre de jala toro a semejanza de la suelta de vacunos de la fiesta de San Fermín en Pamplona, como simple atractivo turístico dirigido especialmente para los jóvenes.”

Es natural la preocupación por el desmadre en la ciudad y el monumental urinario en que se convierte el centro histórico con el deterioro de las piedras inmemoriales de casonas e iglesias y el fétido olor capaz de ahuyentar a los ya inexistentes cóndores de estas tierras del señor. Todo eso es cierto, es una realidad que muestra improvisación, falta de planificación, carencia de autoridad y libertinaje de un sector de los visitantes.

Héctor Santisteban en su tratado “Aspectos etnológicos, simbólicos y fenomenológicos de la fiesta” indica que a mediados del siglo XX la Semana Santa en Ayacucho se convirtió en una “infracción solemne del orden cotidiano” con la actuación de diversos grupos que intentaban quebrar las rígidas barreras sociales. Algo de eso persiste en la actualidad.

Ciertamente, es necesario ordenar la festividad y esa es tarea de la autoridad más que de los vecinos, pero sería inocuo tratar de imponer prohibiciones ante el desborde social y la enorme energía que irradia esos días en Ayacucho. Lo que se debe hacer es gobernar: planificar, ordenar, poner mayores servicios, buscar nuevos espacios para encauzar la corriente que demuestra que Ayacucho es una tierra viva y palpitante, no el rincón de muertos en que nos quisieron convertir.




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