COSA DE LOCOS

lincoln Onofre – politólogo

Es domingo, anoche no pude dormir pensando en las posibles preguntas de hoy, repaso en mis recuerdos algunas clases de estos meses, ante las múltiples dudas, me arrepiento de esas salidas continuas que a nadie conté. Mis padres sonríen, me abrazan, me ofrecen un buen desayuno pero no es mi cumpleaños; ella me da su bendición y me dice que para el almuerzo hay pollo al horno (mi plato favorito), él me desea suerte, sonríe, está orgulloso, no sé por qué (quizá sí sé, pero no quiero saber); mis hermanos menores están orgullosos, es una responsabilidad para mi, una mochila pesada que no quiero cargar. Esto me pesa, nada garantiza mi futuro hasta las 5 o 6 de la tarde. En el bus suena “no logras encontrar trabajo, sirve muy poco ser profesional…”, me desanima, el locutor no deja de hablar del mismo tema (apuesto que jamás se atrevió a dar este examen, pero nos anima), reviso una y otra vez mi carnet, el lápiz, el borrador, quisiera tener mi celular a la mano para wasapear en este interminable viaje de quince minutos. Otra vez la misma canción: “No entiendes lo que estás haciendo, las chicas sí que quitan tiempo…”. Tras la ventana parece que el mundo sigue igual; aquí,  no, somos de la misma promoción, con la misma preocupación, un viaje común hasta el mismo paradero. Te pelaste chino, todos pagamos medio, pienso, sonrío. Soy el último en bajar y la voz de Pocho Prieto y su grupo Río me advierten: “Ya sabes, si esta vez no ingresas”.

Es medio día, la plaza principal está invadida de chicos, chicas, todos con sus mejores prendas, ríen, pasean, pocos vuelven a sus casas. No quiero almorzar, sintonizo la radio y en todas las emisoras locales hablan del mismo tema. Cada academia auspicia un programa y envían a sus mejores docentes para resolver –en vivo- las noventas preguntas del examen, sí las NO-VEN-TA. Un maltrato al oído y a la presión personal. Me rindo, saco del bolsillo las preguntas que están dobladas en las hojas de papel. Advierto que en muchas respuestas me equivoqué y estoy desmotivado. A las cinco vuelvo a la plaza y hay una fiesta, cada academia lleva a sus anfitrionas, moviliza su barra, sacan sus pancartas, parlantes y entonces… salen los resultados. Silencio total.

“Primer puesto…!!!” grita el locutor, y en ese breve silencio, los jóvenes ponen caras de estreñidos; anuncia el nombre y apellido del nuevo cachimbo y la escuela profesional privilegiada; a continuación, el nombre de la academia donde se preparó. Se escucha la algarabía de los representantes de ese centro preuniversitario (como si todo lo aprendido en once años se reduce a los dos o tres meses de la academia): las demás academias se preocupan por ubicar a algún alumno que destacar. Así, al desarrollo de las noventa preguntas, hay que sumar y esperar la lectura de los 690 ingresantes de las 29 escuelas profesionales. 690 pausas, suspensos, alivios, alegrías. Algunos rostros cambian, llantos, frustraciones, enojos, abrazos, padres que buscan felices a sus hijos, hijas que buscan felices a sus padres; padres con rostros inmutables que se alejan de la plaza, detrás las y los hijos en silencio. El próximo año será.

La ciudad es una fiesta. Llego a casa, mis padres me miran con ese rostro indescriptible de suspenso; sonrío, abrazos, lágrimas de mi madre, orgullo de mi padre y por fin, a las ocho de la noche puedo almorzar con tranquilidad.

Han pasado más de dos década y esta fiesta no ha cambiado, es todo un acontecimiento en la ciudad de Huamanga.




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