LA POLÍTICA DEL PAN Y CIRCO.

Uno de los problemas que atraviesa nuestra región es la baja participación ciudadana. Organizaciones como el Frente de Defensa (FDPA) tienen escaza capacidad de convocatoria e incidencia; otras como el Movimiento Cívico de Ayacucho se extinguieron; gremios que sobreviven a merced de estímulos privados, personales, de corto plazo y con una ideología anclada en el siglo XX. Este hecho se debió al resquebrajamiento de las organizaciones sociales y luego a la falta de adaptación a las nuevas demandas y dinámicas sociales.

Durante la década de 1980 el grupo terrorista Sendero Luminoso se encargó de desarticular a las organizaciones existentes para instaurar su ideología, en el proceso asesinaron a diversos dirigentes sociales, desalentando a otros a asumir la dirigencia. Por si eso no fuera suficiente, en la década de 1990 el modelo del gobierno fujimorista continuó por ese camino; bajo la figura de un presidente “omnipresente” se dejó de lado la participación política y la capacidad organizativa; fueron los tiempos donde la gestión pública dejó de ser tal y las cosas se resolvían hablando directamente con el presidente; es decir, se concentró el poder bajo la figura de una persona y no de una institución.

Nuevos tiempos y cambios globales generan nuevas demandas. Atrás quedaron las ideologías y militancia política de largo plazo. Grupos juveniles y asociaciones diversas demandan acciones específicas de corto y mediano plazo sin importar la política partidaria. En este escenario, mientras nuestras alicaídas organizaciones intentan recuperarse en un formato desfasado, hay quienes saben sacar provecho de esta situación sin la necesidad de crear una dependencia organizacional de largo plazo.

Por si aún no se dieron cuenta, los grupos u organizaciones políticas de hoy tienen el formato heredado del fujimorismo y responden a esas demandas con discursos poco elaborados pero de respuestas concretas: obras, pan y circo. Sus representantes se han encargado de colocar en el imaginario colectivo de que las instituciones no sirven y que el camino es el clientelaje y los favores políticos. Son organizaciones que surgen solo en cada elección y luego desaparecen, pues no necesitan mantener una organización, sino una inscripción electoral.

En ese escenario, lo que se vio ayer en la plaza mayor fue el concentrado de todo lo vivido. La burda personificación del poder, el clientelaje con sus seguidores, la complicidad de las autoridades locales como el alcalde del municipio y el retorno de las obras, con pan y circo. La ausencia de una voz fuerte, representativa del FDPA y de otros gremios que prefieren ver de reojo para favorecerse de esta gestión. ¿Los resultados? Los de siempre, una ciudad venida a menos que no progresa en el contexto de una región y vuelve al centralismo efímero de quien lo encabeza.

Muchos culpan a la periferie, a los rurales; sin embargo, la realidad es que la mayor cantidad de votantes no está más en el campo, sino en la ciudad; son ellos y este imaginario del poder personificado los que mantienen esta crisis institucional. En un año y medio se va este sujeto y habrá otro, con las mismas deficiencias que lo reemplazará (no olviden que quien quedó en segundo lugar tiene las mismas características: mesiánico, caudillista). Es hora de trasladar la responsabilidad también a los ciudadanos, a los votantes que gustan de este tipo de representantes.




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